¡Bendito sea Dioscar!
La reacción de Oscar Arias a la revocatoria de su visa americana este martes se apegó, a la perfección, al libreto esperable en alguien de su pedigrí psicológico: Un baño de ego.
Por enésima vez sacó a relucir ante la prensa todos sus premios, doctorados, condecoraciones y demás brillos y honores para exaltar su yo y la grandeza de su pasado.
Les volvió a recetar a los periodistas la cansina retahíla de sus citas históricas, en palacios y castillos, con figuras de la política mundial para decidir el destino de la humanidad.
Les recalcó una y otra vez sobre la tupida lluvia de invitaciones que recibe para inaugurar cursos académicos en universidades de Estados Unidos y Europa.
Dejó entrever las ovaciones, aplausos y abrazos del mundo a su cruzada por la anhelada paz global, paloma incluida.
Leyó frases señeras de los libros que ha escrito, amén de mencionar las de otros autores para reiterarnos sobre lo mucho que lee, sabe y culto que es.
Nos recordó su enfrentamiento con Reagan como una demostración de su heroísmo pacificador y de que él jamás se doblegó ante el imperialismo yanqui.
No obstante, confesó que él mismo se lanzó por segunda vez a la presidencia a petición de George Bush, hijo, para que Costa Rica aprobara el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.
Sí, el que nos daría un BMW a todos los que anduviéramos en gajo.
Todo esto y más, tratando de llamar la atención del orbe ante la barbaridad que le acaban de hacer a un patricio como él tan alabado como glorificado.
Al tiempo que insistía en no querer conjeturar sobre las razones que tuvo el gobierno de los Estados Unidos para revocarle la visa de ingreso a ese país.
Como si los costarricenses siguieran chupándose el dedo ante su verbo mesiánico, barroco y calculador.
Pero él, Oscar Arias, mejor que nadie sabe por qué el gobierno de los Estados Unidos le quitó la visa.
Si no en la conciencia, en sus actos y en sus pactos debe estar clarísima la causa de esa inédita e histórica sanción a él.
De la misma manera que el noble pueblo de Costa Rica la encontró, desde mucho antes, para quitarle también la «visa nacional» a él, a su partido y a sus cómplices.
La visa que nunca más les permita, ni a él ni a nadie, defraudar otra vez las esperanzas de toda una nación que pecó de ingenua al creer en ellos.
¿De qué nos sirven los glamorosos trofeos de Oscar Arias si nunca logró lucir el de mayor brillo?
El de una patria pujante, digna y próspera para todos los ciudadanos rasos.
Última actualización: 03/04/2025







