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Escrito con todo cariño para la Comisión Cultural de la Municipalidad de Grecia

El arte de esperar: Humanismo, esfuerzo y el desarraigo del alma en la economía moderna

Eladio Soto/Arquitecto |
Escrito con todo cariño para la Comisión Cultural de la Municipalidad de Grecia

En la Europa devastada de 1948, cuando el Plan Marshall aún distribuía esperanza en sacos de harina y ladrillos de reconstrucción, Albert Camus escribía que “el arte, en su sentido más profundo, es un acto de rebelión”. La afirmación no era una flor retórica; era un grito. Setenta años después, su eco se pierde entre los beats electrónicos de un estadio lleno donde miles gritan, no por la belleza, sino por el estruendo. La cultura se ha vuelto un accesorio del espectáculo, y el espectáculo, un producto industrial.

El modelo económico global no sólo distribuye bienes: dicta sentido. Los algoritmos deciden qué música escuchar, qué cuerpos amar, qué palabras repetir. En este nuevo orden, el escultor que talla en mármol no puede competir con la viralidad de un clip de 15 segundos. El pianista, que repite escalas hasta que su piel y el marfil se reconozcan mutuamente, no puede monetizar su espera. Nadie invierte ya en lo lento. Pero ¿puede una civilización vivir sin lo lento?

Como advirtió Václav Havel —dramaturgo, presidente, preso de conciencia— en su célebre discurso de 1990 ante el Congreso estadounidense: “La salvación de este mundo humano no está en ningún sistema, sino en el corazón humano, en la humildad y en la responsabilidad”. No hablaba sólo como político, sino como poeta. Para él, el problema no era el capitalismo o el comunismo en sí, sino el vaciamiento del alma humana por sistemas que sacrifican el ser en aras del tener.

Y así llegamos a la paradoja moderna: nunca ha habido más acceso a la cultura y nunca ha estado tan vaciada. Los conciertos masivos no son comunión espiritual, sino catarsis sin sentido. Las masas no se encuentran en la música, se disuelven en ella. La euforia colectiva sustituye la belleza individual. Ya no se escucha, se consume. Ya no se contempla, se "reacciona". El arte ha perdido su aura, como lo anticipó Walter Benjamin en 1936: “En la época de la reproductibilidad técnica, lo que muere es el aura”.

Frente a este panorama, surge la pregunta crucial: ¿cómo educar para el esfuerzo, en una era que premia lo inmediato?

Una posible respuesta es la enseñanza del piano. El niño que estudia piano no recibe recompensas instantáneas. Cada nota bien ejecutada es el fruto de una pequeña renuncia, de un tiempo no dedicado al juego, al ruido, al deseo inmediato. Aprender piano es, en efecto, aprender a esperar. Es ejercitar el alma en la disciplina de lo bello. Y esa espera, en términos espirituales, es profundamente revolucionaria.

Una voz en contra: el arte como empresa viva

Pero no toda mirada es melancólica. Algunos defienden que el mercado, lejos de matar el arte, lo ha democratizado. En el siglo XVIII, para escuchar a Mozart había que tener una silla en un salón vienés; hoy basta con un teléfono. Nunca en la historia se ha producido y compartido más música, más poesía, más imágenes. ¿Es esto trivial o una expansión del alma humana?

Martha Nussbaum, filósofa contemporánea, ha argumentado que las emociones también pueden educarse desde dentro del capitalismo, si las instituciones promueven una cultura del cuidado y la justicia. No se trata de abolir el mercado, sino de infundirle propósito ético. Así, Spotify puede volverse espacio de descubrimiento, no de adicción. Netflix puede ser un escaparate de diversidad narrativa, no sólo de dopamina visual. El problema no es el concierto masivo, sino que no haya espacio también para el cuarteto de cámara.

Y entonces, la disyuntiva no es binaria. No se trata de abolir el sistema ni de resignarse a él. Se trata, como diría el mismo Havel, de “vivir en la verdad” en medio del sistema. De crear espacios donde el esfuerzo vuelva a tener sentido. Donde el piano no sea un lujo, sino un lenguaje posible.

Conclusión: sembrar lentitud

Occidente no necesita una revolución económica, sino una metamorfosis del deseo. Debemos enseñar a desear distinto: a amar el silencio, a valorar lo arduo, a disfrutar lo que no rinde beneficios inmediatos. La enseñanza del arte no debe justificar su existencia por su utilidad. Debe ser defendida precisamente porque nos enseña a habitar la inutilidad luminosa, el tiempo fértil de la espera.

Si el niño que estudia piano aprende a esperar, tal vez el adulto que lo fue aprenda a vivir mejor. Y quizás —sólo quizás— eso sea más revolucionario que cualquier algoritmo.

Última actualización: 11/06/2025