El país que aplaude con los ojos cerrados
Costa Rica atraviesa un momento doloroso. El gobierno del presidente actual ha sabido actuar con una estrategia calculada, con la precisión de quien no improvisa, sino que conoce el poder del desconcierto. En su plan, ha logrado lo que ni los escándalos de corrupción, ni las décadas de decepción, ni los recortes consiguieron: desgarrar el hilo que unía, aunque fuera débilmente, la confianza de la gente en su democracia.
Hoy, una parte del pueblo mira con sospecha a todo lo que antes consideraba sagrado: el Tribunal Supremo de Elecciones, la Sala Constitucional, la Caja, la prensa… y, quizás lo más grave, la idea misma de la legalidad. Pero no basta con desconfiar: ahora muchos aplauden la desobediencia, celebran el irrespeto y atacan a quien se atreve a señalar el abuso. Como si el enemigo fuera la voz que advierte, y no el poder que atropella.
La estrategia ha sido hábil. Las decisiones del presidente actual se han desplegado sobre un país cansado, herido por gobiernos que prometieron mucho y entendieron poco. Un país que acumuló decepciones hasta perder la fe. En medio de ese desgaste, el presidente actual apareció con su verbo desafiante, su aire de redentor perseguido, su relato de lucha contra enemigos invisibles. Y el cansancio, disfrazado de esperanza, lo aclamó como la respuesta.
El resultado es inquietante: se ha sembrado la creencia de que todo está podrido, menos él. El presidente. El salvador. El único que “dice la verdad”. Y en nombre de esa autenticidad, se le permite cruzar límites, burlarse de periodistas, desacatar sentencias, e insinuar que la voluntad popular puede reemplazar las urnas.
El daño no es solo moral: es profundo. Si el pueblo deja de creer en el árbitro, el sistema se desmorona. Si nadie confía en los jueces, la justicia se convierte en eco. Si los medios se vuelven sospechosos, la verdad queda huérfana. Así se marchitan las democracias: no con violencia repentina, sino con una lenta renuncia interior.
Nuestra historia latinoamericana conoce bien ese guion. Líderes que llegan como promesa y terminan siendo herida. Y hoy, en esta tierra que alguna vez se enorgulleció de su paz cívica, lo vemos repetirse, en cámara lenta.
Pero aún hay esperanza. Porque la democracia, aunque herida, sigue respirando. Porque todavía hay voces que no se callan, ciudadanos que dudan, corazones que recuerdan que el poder no se adora: se cuestiona. Y tal vez ahí —en esa vigilia silenciosa, en esa fe que resiste— esté la decisión que aún puede cambiar el destino del país.
Última actualización: 12/11/2025







