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Costumbres y Tradiciones

Ricardo Solano |
Costumbres y Tradiciones

En los últimos días he estado visitando a los que van a partir, a los que están en el límite. Su deceso es inminente, cuestión de horas solamente.

El ambiente, lo que se respira en su entorno es normal, una familia que se desenvuelve en un disimulado dolor de agonía, de espera que desespera, lo contradictorio de estar esperando lo que nadie quiere que llegue.

El esmero por complacer hasta el más mínimo de los deseos del enfermo, es ilimitado. A eso tan humano, a ese gesto tan lleno de amor, algunos le llaman consuelo, mezquino consuelo que no alcanza para secar una lágrima.

Hay una gran verdad con estas visitas, son a su vez despedidas. Al decir hasta luego, sé que he mentido. El abrazo o el apretón de manos es un adiós. Tengo conciencia plena que ha esa persona no la volveré a ver con vida, no la veré más en la calle para preguntarle que como va todo, no, esa persona, mi amigo, mi vecino, se está muriendo, se muere porque le llegó la hora, punto.

Es una verdad que muchas veces nos desarma, nos deja sin tema de conversación. Solo queda la satisfacción de haber cumplido con un principio bíblico de visitar al que está enfermo, algún día yo seré el visitado, al fin y al cabo, solo se trata de saber que llegó el fin de la carrera, de aceptarlo.

El visitar al que está enfermo, me ha permitido ver la muerte de cerca, palparla. El trajín del día a día, los compromisos, congojas y necesidades propios del mundo actual, nos impide muchas veces asomarnos a esa verdad, incluso los hay, que prefieren ignorarla “eso no es conmigo, ni con mi familia” dicen con nerviosa seguridad, pero solo es una postura cómoda aunque peligrosa, no la vamos a evitar o a burlar con solo ignorarla o no hablar de ella.

Mis visitas han sido breves, no es el momento para largas conversaciones, da la sensación de que el tiempo se agota, pero no es el tiempo, es la vida.

Al verlos en la cama me pregunto si tendrán conciencia plena de lo que viene, del siguiente paso, el que van a dar, que ¿daremos todos? ¿Qué tan preparados están, qué cosas pasaran por sus mentes, querrán quizá retroceder lo ya vivido y hacerlo de forma diferente? Pero ya no hay marcha atrás, el tiempo se agota, el tiempo o la vida, esa vida que para muchos y muchas continúa, aunque solo sea una suspensión de la pena.

Los pequeños largos silencios de mis visitas me permiten meditar sobre qué tan buen amigo he sido del que está postrado, del que se va, ¿lo habré sido? ¿Qué tanto servirá mi presencia, le traerá a la memoria buenos recuerdos de tiempos idos? Nunca lo sabré. Lo que sí sé es que me siento impotente para aliviar el dolor y el sufrimiento de aquel amigo, de aquella familia.

De ancestros viene aquello de que se nace para morir, se empieza a morir desde que se nace, nada es eterno, todos los días nace y muere gente… si, si, si, pero ¿hay algo en lo humano que no es compatible con el volverse polvo, con la fría tumba, con lo que está inerte y ayer era vida transmitiendo vida, con la garganta privilegiada, hoy en silencio, con la belleza deslumbrante y hoy palidez y negras ojeras?

¿Cómo entenderlo, cómo explicarlo? Frases hay y son muy utilizadas como aquello de que la muerte es parte de la vida, una verdad elocuente pero igual, el verbo no amilana el golpe.

¿Qué nos queda, cual puede ser el seguro asidero al final de la jornada cuando la parca toca la puerta? Sin duda alguna, lo espiritual, el oasis para cualquier persona que haya vivido en lo árido.

Hablo de vida después de esta vida, vida eterna en un mejor lugar que este valle de lágrimas. Hablo de que fe es creer en lo intangible, en lo que no se ve. Fe es esperar confiados en la promesa divina, en lo que nos tienen preparado en el más allá, en una frase, tener claro que la muerte no nos aniquila, solo nos libera, nos permite el cambio, porque la vida no termina, solo se transforma.

Este artículo se lo dedico a mi hermano fallecido, Armando, murió en un mes de octubre.

Recordar es volver a vivir.

Hasta la próxima.

Última actualización: 30/10/2025