Si intentas caminar hacia el arte separándote del grupo esto es lo que te espera
Conversación entre Eladio Soto y María Lucero
Eladio: María Lucero, quiero preguntarte algo que desde hace tiempo me inquieta. En Costa Rica existe una expresión muy nuestra: “serrucharle el piso a alguien”. Me pregunto si detrás de esa expresión existe realmente un fenómeno cultural: ¿por qué cuando una persona sobresale, en lugar de admirarla y apoyarla, muchas veces se intenta disminuirla?
María Lucero: La pregunta es mucho más profunda de lo que parece, Eladio. No estamos hablando solamente de la llamada “envidia”. Hay investigaciones sobre la identidad costarricense que permiten relacionar ese comportamiento con elementos como el igualitarismo, la identidad nacional, la comparación social, el conformismo y la dificultad para aceptar que alguien se diferencie significativamente de los demás.
Eladio: ¿Entonces podríamos hablar de una especie de psicología del costarricense?
María Lucero: Con cautela. No sería correcto afirmar que existe una característica psicológica que poseen todos los costarricenses. Pero sí podemos investigar la existencia de patrones culturales que favorezcan determinadas conductas.
Costa Rica construyó históricamente una identidad asociada con la igualdad, la democracia y una sociedad relativamente homogénea. El problema aparece cuando la idea de igualdad se transforma, inconscientemente, en otra cosa:
“Todos debemos tener el mismo valor” puede convertirse en “nadie debería sobresalir demasiado”.
La primera idea es democrática. La segunda puede convertirse en igualitarismo nivelador.
Eladio: ¿Y ahí aparece el famoso serrucho?
María Lucero: Exactamente.
Imagina una comunidad pequeña donde todos se conocen. Una persona comienza a destacar como músico, escultor, escritor, arquitecto o investigador.
Mientras permanece dentro de lo habitual, su actividad puede ser aceptada.
Pero cuando empieza a sobresalir, aparece una comparación:
“Él está haciendo algo que yo no puedo hacer.”
Y esa diferencia puede producir admiración, pero también incomodidad.
La persona que se siente amenazada tiene varias opciones: admirar, aprender, ignorar, minimizar, ridiculizar, criticar o tratar de impedir que el otro avance.
Ese último mecanismo es el que popularmente llamamos “serruchar el piso”.
Eladio: Pero ¿por qué tendría que sentirse amenazada una persona por el talento de otra?
María Lucero: Porque el éxito modifica las posiciones relativas dentro del grupo.
No es lo mismo decir:
“Eladio toca piano.”
que decir:
“Eladio es un músico extraordinario.”
En el segundo caso aparece una comparación. El talento del otro puede hacer visible aquello que uno mismo no posee.
Y eso puede afectar la autoestima.
No necesariamente estamos ante una maldad consciente. Puede ser un mecanismo de defensa:
“Si logro demostrar que esa persona no es tan buena, ya no tengo que enfrentar la comparación.”
Eladio: Eso explicaría muchas cosas. Pero hay algo que me llama particularmente la atención: los artistas.
¿Por qué parece que el artista sufre especialmente este fenómeno?
María Lucero: Porque el artista expone una parte de sí mismo.
El agricultor produce una excelente cosecha, pero su cosecha no necesariamente representa su identidad completa.
El músico dice:
“Esta es mi música.”
El escritor:
“Esta es mi visión.”
El escultor:
“Esta forma salió de mí.”
Por eso la crítica puede pasar fácilmente de la obra a la persona.
En una sociedad con poca tradición de crítica artística especializada, puede producirse una transformación peligrosa:
“La obra tiene debilidades.”
se convierte en:
“Ese se cree mucho.”
Y ya no estamos criticando una obra; estamos intentando reducir a la persona.
Eladio: ¿Y tenemos antecedentes históricos de esto en Costa Rica?
María Lucero: Sí. Y aquí aparece algo extraordinariamente interesante: Yolanda Oreamuno.
Existe una investigación académica de la Universidad Nacional dedicada precisamente a estudiar la relación de Oreamuno con el panorama artístico costarricense.
Lo sorprendente es que Oreamuno escribió sobre la actitud del costarricense frente al arte, criticó la falta de una verdadera crítica artística y cuestionó el costumbrismo.
Entre sus textos aparecen títulos como La vuelta a los lugares comunes, El último Max Jiménez ante la indiferencia nacional, Protesta contra el folclore y Max Jiménez y los que están.
Eladio: ¿“El último Max Jiménez ante la indiferencia nacional”?
María Lucero: Sí.
Y ese título es extraordinariamente revelador.
Porque significa que hace casi noventa años una escritora costarricense ya estaba denunciando algo muy parecido a lo que estamos conversando:
la indiferencia de Costa Rica hacia uno de sus grandes artistas.
Eladio: Entonces mi hipótesis no sería simplemente una interpretación actual. Ya existía una preocupación semejante en los años treinta y cuarenta.
María Lucero: Exactamente.
Y por eso considero que su pregunta merece una investigación histórica y sociológica, no solamente una reflexión anecdótica.
Eladio: Hablemos entonces de Francisco Zúñiga. Siempre he pensado que Costa Rica no supo valorar a Zúñiga y que esa mediocridad de su entorno contribuyó a que emigrara a México.
¿Es históricamente correcto decirlo así?
María Lucero: Yo introduciría una precisión.
No podemos afirmar documentalmente que Zúñiga abandonó Costa Rica exclusivamente porque la sociedad costarricense no lo valoraba.
Pero sí tenemos hechos muy interesantes.
En 1935 Zúñiga obtuvo el primer premio del Salón de Escultura de Costa Rica con La Maternidad. Posteriormente el premio fue revocado por razones técnicas y aquello provocó una polémica.
Sus amigos, agrupados en el Círculo de Amigos del Arte, tuvieron que ayudarlo para que pudiera realizar la obra.
En 1936 marchó a México.
Además, las fuentes indican que ya era reconocido en Costa Rica y que originalmente tenía interés en viajar a Europa, pero las circunstancias políticas y las dificultades para obtener una visa influyeron en su destino.
Por eso sería más correcto decir:
Costa Rica tenía talento suficiente para reconocer a Zúñiga, pero era un medio cultural demasiado pequeño para desarrollar plenamente una personalidad artística de esa dimensión. México le ofreció un ecosistema cultural mucho mayor.
Eladio: Eso me parece todavía más interesante.
Entonces no necesariamente lo expulsó Costa Rica, sino que Costa Rica no tenía las condiciones para contenerlo.
María Lucero: Exactamente.
Y esa diferencia es importante.
Eladio: ¿Y qué sucede con Jiménez Deredia?
María Lucero: Ahí tenemos un ejemplo contemporáneo extraordinario.
Deredia se trasladó a Italia en 1976. Allí desarrolló una carrera internacional, estudió en Carrara y Florencia y llegó a realizar una escultura para la Basílica de San Pedro.
Se convirtió en el primer artista no europeo con una obra en ese espacio monumental.
Posteriormente Costa Rica lo reconoció como Ciudadano de Honor.
Eladio: Y aquí vuelve a aparecer algo que yo observo mucho: primero debe reconocerlo el extranjero y después lo reconoce Costa Rica.
María Lucero: Esa puede ser una de las claves.
El reconocimiento extranjero funciona como una especie de certificado de legitimidad.
Mientras el artista está aquí:
“Ese muchacho que hace esculturas.”
Después de triunfar afuera:
“El gran escultor costarricense reconocido internacionalmente.”
El extranjero funciona como validador de lo propio.
Eladio: ¿Por qué?
María Lucero: Porque el reconocimiento externo reduce nuestra incertidumbre.
Si yo tengo que decidir personalmente si un artista costarricense es extraordinario, tengo que ejercer mi propio juicio.
Pero si puedo decir:
“Fue reconocido en Italia.”
ya no necesito correr ese riesgo.
El extranjero me dice qué debo valorar.
Eladio: Eso explicaría algo que siempre me ha llamado la atención: Costa Rica parece tener una fascinación por lo extranjero.
A veces preferimos lo nuevo simplemente porque viene de afuera.
¿Por qué?
María Lucero: Hay varias explicaciones posibles.
Una es precisamente la legitimación externa.
Otra es que lo extranjero llega libre de las relaciones personales que existen en una sociedad pequeña.
Cuando conocemos al artista desde joven, sabemos sus defectos, conocemos a su familia y lo hemos visto cometer errores.
Entonces resulta difícil construir alrededor de él una imagen monumental.
En cambio, el artista extranjero llega convertido ya en una figura:
“Es famoso.”
“Es europeo.”
“Lo reconocieron en Nueva York.”
“Tiene una exposición internacional.”
La distancia facilita la admiración.
Eladio: Es decir, al extranjero le damos el beneficio de la grandeza; al vecino le exigimos primero demostrar que merece ser grande.
María Lucero: Exactamente.
Y existe otra paradoja:
Costa Rica puede sentirse excepcional como país, pero desconfiar de la excepcionalidad del individuo.
Podemos decir:
“Costa Rica es un país extraordinario.”
Pero cuando aparece una persona extraordinaria podemos escuchar:
“¿Y este quién se cree?”
Eladio: Esa frase sí me parece profundamente tica.
María Lucero: Y es justamente ahí donde aparece el “serrucho”.
Eladio: ¿Entonces deberíamos llamar a esto “envidia”?
María Lucero: Yo no lo llamaría solamente envidia.
La palabra es demasiado sencilla.
Podríamos formular una hipótesis más compleja:
La cultura del serrucho
como resultado de la combinación de:
igualitarismo social + comunidad pequeña + comparación interpersonal + temor a la diferenciación + débil crítica especializada + dependencia de la validación externa.
Eladio: Eso me gusta mucho más.
Porque no convierte al costarricense en una persona mala.
Explica un mecanismo cultural.
María Lucero: Exactamente.
Y además permite comprender por qué el fenómeno no afecta únicamente a los artistas.
Puede aparecer en la política, la empresa, la academia, las profesiones, las comunidades e incluso en organizaciones pequeñas.
Pero el artista resulta especialmente vulnerable porque su obra es una manifestación pública de su individualidad.
Eladio: Hay otra cosa que quisiera comprender.
¿Por qué tantas veces valoramos al artista después de muerto?
Tenemos músicos cuya obra prácticamente no fue valorada durante su vida y que posteriormente adquirieron una importancia enorme.
María Lucero: Ahí aparece otro fenómeno fascinante.
Mientras el artista está vivo, puede competir por reconocimiento, espacio, recursos y prestigio.
Después de muerto ya no compite.
Podemos convertirlo en patrimonio.
Entonces resulta mucho más cómodo decir:
“Fue un gran compositor costarricense.”
que reconocerlo cuando estaba vivo, apoyarlo y permitirle ocupar un espacio que necesariamente debía compartir con otros.
Eladio: ¡Eso es fuerte!
María Lucero: Pero precisamente por eso merece investigarse.
El problema no sería simplemente que Costa Rica “no tiene buenos artistas”.
Podría ser que tiene mecanismos deficientes para reconocerlos mientras están construyendo su obra.
Eladio: Entonces el verdadero problema no es la ausencia de talento.
Es la ausencia de una cultura de reconocimiento.
María Lucero: Esa sería una hipótesis mucho más poderosa.
Y nos permitiría formular una pregunta todavía más profunda:
¿Por qué una sociedad puede producir personas talentosas y, simultáneamente, crear mecanismos que dificultan que ese talento se desarrolle?
Eladio: María Lucero, creo que ahí está el centro de todo.
No quiero escribir simplemente que “los ticos somos envidiosos”.
Quiero investigar si existe un fenómeno histórico y cultural que haga que al costarricense le cueste reconocer al que sobresale mientras está vivo, pero le resulte fácil admirarlo cuando ya ha sido legitimado por el extranjero o cuando ya ha muerto.
María Lucero: Y podemos investigarlo.
Yo propondría comenzar por Yolanda Oreamuno y Max Jiménez, porque tenemos allí una fuente primaria extraordinariamente directa.
Después estudiaríamos Francisco Zúñiga, los músicos costarricenses que recibieron reconocimiento tardío, y finalmente Jiménez Deredia.
A eso añadiríamos investigaciones de psicología social sobre comparación, envidia y amenaza al estatus, y estudios históricos sobre la construcción de la identidad costarricense.
Así podríamos determinar si aquello que usted llama intuitivamente “la cultura del serrucho” es solamente una percepción popular o si realmente podemos encontrar un patrón documentable en la historia cultural de Costa Rica.
Eladio: Entonces la pregunta final sería:
¿Por qué Costa Rica parece tener tanta dificultad para reconocer la grandeza propia hasta que alguien desde afuera nos dice que debemos reconocerla?
María Lucero: Sí.
Y quizá todavía podríamos formularla de una manera más provocadora:
¿Por qué el costarricense puede admirar al extranjero por ser excepcional, pero sospechar del compatriota que intenta serlo?
Esa pregunta, Eladio, sí merece una investigación.
Última actualización: 24/08/2026






