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No ocupamos un alcalde tuerto

Grecia está ante una oportunidad que no se presenta todos los días. Y para verla completa necesitamos un alcalde que no mire el futuro con un solo ojo.

 

Eladio Soto/Arquitecto |
No ocupamos un alcalde tuerto

El cantón de Grecia está cambiando. Y esta vez el cambio no parece ser solamente una de esas promesas que aparecen cada cuatro años acompañadas de fotografías, discursos y cintas para inaugurar alguna obra.

El panorama comienza a moverse con rapidez: nuevas zonas de desarrollo, posibilidades de zonas francas, crecimiento del mercado inmobiliario, nuevos accesos, modificaciones en la infraestructura vial y, como consecuencia lógica, un incremento de la actividad económica que terminará repercutiendo también en las arcas municipales.

En este proceso debo reconocer que el alcalde Donald Quesada ha asumido, a mi criterio, una posición que ha contribuido a acelerar esta transformación, abriendo las puertas hasta donde el marco legal se lo permite y procurando que Grecia esté preparada para el crecimiento que se avecina.

Nuevos accesos, infraestructura vial adecuada para un volumen de tránsito que inevitablemente seguirá aumentando y oportunidades de empleo que no solamente beneficiarán a Grecia, sino a buena parte de Occidente.

Hasta aquí, todo parece bastante evidente.

Pero aquí comienza lo verdaderamente importante.

¿Qué clase de ciudadanos queremos para la Grecia que viene?

El crecimiento urbano e industrial no puede convertirse simplemente en una sucesión de urbanizaciones, bodegas, carreteras, edificios y centros comerciales.

Eso sería crecimiento. Pero no necesariamente sería desarrollo.

El nuevo alcalde que Grecia necesita deberá tener una visión suficientemente amplia para comprender que detrás de cada nueva empresa hay trabajadores; detrás de cada trabajador hay una familia; y detrás de cada familia hay ciudadanos que necesitan algo más que empleo, vivienda y carreteras.

Necesitan formación.

Y aquí aparece una palabra que nuestros gobiernos municipales han tratado, demasiadas veces, como si fuera un adorno: cultura.

La cultura no es un lujo para cuando sobren recursos. Es una herramienta de desarrollo humano.

Pensemos, por ejemplo, en un muchacho que aprende piano. Nadie pretende cometer la ingenuidad de afirmar que por tocar piano mañana será gerente de operaciones de una multinacional.

Pero algo sí ocurre.

Aprende disciplina. Aprende concentración. Aprende a escuchar. Aprende a repetir hasta dominar. Aprende a convivir con la frustración. Aprende a postergar la gratificación inmediata para obtener un resultado mejor después.

Y eso no lo enseña solamente el piano. Lo enseñan la música, el ballet, el teatro, las artes plásticas, la literatura y muchas otras expresiones culturales.

Son habilidades humanas que posteriormente pueden convertirse en ventajas profesionales.

Los países desarrollados entendieron hace mucho tiempo que cultura, educación, urbanismo y desarrollo económico no son compartimentos separados.

Nosotros todavía parecemos discutir cuál sombrilla queda más bonita en el parque.

Grecia también produce talento

Hay algo que deberíamos decir con orgullo, porque los griegos tenemos derecho a hacerlo:

Grecia produce artistas.

Cantantes, tenores, sopranos, músicos, bailarines, artistas plásticos, profesores de música, pianistas y personas dedicadas a distintas expresiones del arte.

El problema es que muchos de ellos terminan desarrollando su talento fuera del cantón.

Se marchan a Heredia, San José, otras provincias o incluso al extranjero.

¿Y por qué?

Porque aquí no hemos construido los espacios necesarios para que ese talento pueda crecer.

Tenemos artistas, pero no tenemos suficientes lugares para ellos.

Tenemos músicos, pero no suficientes auditorios.

Tenemos profesores de música, pero no una infraestructura cultural proporcional a las necesidades del cantón.

Tenemos talento, pero seguimos exportándolo.

Y mientras tanto, la gestora cultural Licda. Shirley Salazar hace lo que puede con una dotación de espacios que, francamente, parece diseñada para recordarnos que la cultura todavía ocupa un lugar secundario en nuestras prioridades.

No se trata de culpar a una persona. Se trata de reconocer una deuda colectiva.

El alcalde de los dos ojos

Por eso digo que no ocupamos un alcalde tuerto.

No necesitamos un alcalde que solamente vea carreteras.

Tampoco uno que solamente vea edificios.

Ni uno que solamente vea permisos, patentes, parques o números presupuestarios.

Necesitamos un alcalde que vea Grecia completa.

Que pueda mirar simultáneamente el desarrollo urbano, la economía, el empleo, la educación, la cultura, el patrimonio, el ambiente y la calidad de vida.

Porque si el desarrollo que viene es tan importante como parece, sería una verdadera torpeza histórica recibirlo con la misma imaginación municipal de siempre.

Uno revisa los programas de los candidatos a alcalde y, en ocasiones, tiene la sensación de estar leyendo el mismo documento con diferente fotografía.

Promesas conocidas.

Soluciones conocidas.

Frases conocidas.

Poca sorpresa.

Y, sobre todo, poca imaginación.

¿Dónde está la propuesta cultural de largo plazo?

¿Dónde está el edificio dedicado a las artes?

¿Dónde está el auditorio municipal?

¿Dónde está el centro de formación artística?

¿Dónde está el proyecto urbano que integre la iglesia, la municipalidad, la Plaza Helénica y un verdadero centro cultural?

Basta de la política de la ocurrencia

No podemos seguir gastando recursos públicos en obras que no necesariamente resuelven los problemas fundamentales mientras dejamos pendientes proyectos que podrían transformar la vida de varias generaciones.

Cambiar bancas que todavía cumplen su función, instalar sombrillas, hacer intervenciones decorativas y multiplicar ocurrencias puede producir fotografías muy bonitas.

Pero una ciudad no se construye para Instagram.

Se construye para vivirla.

Y una ciudad verdaderamente desarrollada tampoco necesita confundir seguridad con persecución del ciudadano que trabaja en la calle mientras el problema de fondo permanece intacto.

La municipalidad debe tener autoridad, sí. Pero también inteligencia para distinguir entre el ciudadano que necesita ser regulado y el ciudadano que necesita ser protegido.

Y ya que hablamos de prioridades, quizás llegó el momento de preguntarnos seriamente cuánto estamos dispuestos a seguir gastando en pólvora y celebraciones pasajeras mientras seguimos sin resolver necesidades permanentes.

No estoy proponiendo quitarle alegría a Grecia.

Todo lo contrario.

Estoy proponiendo que aprendamos a celebrar también aquello que permanece.

Un buen auditorio permanece.

Una escuela de música permanece.

Un centro cultural permanece.

Un espacio para los artistas permanece.

Una buena infraestructura vial permanece.

La formación de un niño permanece.

La pólvora, en cambio, dura unos segundos.

Construir la ciudad por etapas

Mi propuesta es sencilla en concepto, aunque ambiciosa en sus consecuencias: construir Grecia por etapas y con visión de ciudad.

La iglesia, la municipalidad, la Plaza Helénica y un futuro centro cultural deberían concebirse como partes de un verdadero centro cívico, articulado urbanísticamente y desarrollado progresivamente.

No como proyectos aislados.

No como ocurrencias.

No como una piñata municipal llena de papel periódico que se rompe cada cuatro años para ver qué hay dentro.

Una ciudad se diseña.

Una ciudad se planifica.

Una ciudad se construye pensando en los próximos cincuenta años, no en las próximas elecciones.

Y precisamente porque Grecia está entrando en una etapa que puede ser extraordinariamente importante para su futuro, no podemos permitirnos alcaldes de visión reducida.

Necesitamos liderazgo.

Necesitamos conocimiento.

Necesitamos planificación.

Necesitamos cultura.

Y, sobre todo, necesitamos visión.

Orgullo de ser griegos

Grecia tiene algo que no se puede comprar con presupuesto municipal: talento humano.

Tenemos una historia, una identidad y una tradición cultural que nos distingue.

Tenemos artistas.

Tenemos músicos.

Tenemos educadores.

Tenemos empresarios.

Tenemos profesionales.

Tenemos jóvenes capaces.

Y ahora podemos estar ante una oportunidad económica extraordinaria.

Sería imperdonable que logremos atraer empresas y no seamos capaces de formar ciudadanos capaces de ocupar los mejores puestos que esas empresas traerán.

Sería igualmente imperdonable llenar el cantón de nuevas construcciones y no construir los espacios donde pueda crecer el espíritu de sus habitantes.

Por eso mi llamado no es solamente al próximo alcalde.

Es a los griegos.

A los artistas de Grecia les digo: no aceptemos que nuestro cantón sea únicamente un lugar de donde sale talento. Exijamos que también sea un lugar donde el talento pueda quedarse, crecer y florecer.

Y a quienes aspiran a gobernar la municipalidad les digo:

Miren hacia adelante.

Pero, por favor, miren con los dos ojos.

Porque Grecia no necesita un alcalde que simplemente administre el crecimiento.

Necesita un alcalde que sea capaz de imaginar la ciudad que queremos llegar a ser.

Y esa ciudad debe ser próspera, moderna, ordenada y, sobre todo, culta.

Porque si vamos a crecer, crezcamos completos.

Y si vamos a construir una nueva Grecia, hagámoslo con el orgullo de quienes saben que

este pequeño cantón de Occidente tiene mucho más que ofrecer de lo que hasta ahora hemos sabido aprovechar.

Última actualización: 19/09/2026