La metástasis del nuevo bipartidismo: marionetas de la emoción, fe nominal y la agonía de Costa Rica
Radiografía de un país visceral capturado por el odio, la farsa ideológica y el chantaje del poder.
Llega un punto en la vida de un país en que guardar las formas ya no es prudencia: es complicidad. Hoy no escribo para cuidar una imagen ni para quedar bien con ninguna trinchera; escribo desde el dolor y la náusea de ver cómo se nos está pudriendo la patria en las manos.
Caminar por nuestras comunidades, ver las noticias o asomarse al debate público en Costa Rica ya no genera preocupación; produce asco y congoja. Nos llenamos la boca diciendo que somos un remanso de paz mientras la sangre corre por las aceras, las familias se desmoronan y la violencia dejó de ser un incidente aislado para convertirse en nuestra forma cotidiana de relacionarnos. Costa Rica no atraviesa un simple bache político: padece una metástasis social y espiritual provocada por la pérdida absoluta del temor de Dios y del respeto al prójimo.
El matón de la calle y el matón con corbata
Nos rasgamos las vestiduras cuando vemos videos de un tipo destrozándole el carro a otro en una presa, cuando un cobarde agrede a una mujer en plena vía pública o cuando sicarios acribillan a balazos una casa con niños adentro. Decimos consternados: «¿Qué nos pasó?». Pero nos negamos a ver la raíz: el matón de barrio no nació de la nada; es el hijo legítimo de la conducta miserable que destilan quienes dirigen este país.
Miremos la Asamblea Legislativa y las conferencias del poder. La altura de miras y la decencia republicana fueron enterradas por el revanchismo puro y duro. Por un lado, diputados que presumen de educación refinada y títulos colgados en la pared, rebajados a escupir ofensas de patio de escuela y apodos ridículos. Por el otro, quienes ejercen el poder gubernamental respondiendo con ademanes barriobajeros, soberbia y descalificaciones sistemáticas. Toda esta guerra mezquina de dimes y diretes ha terminado por convertir el debate público en una auténtica cloaca, un lodazal que ahoga cualquier asomo de sensatez y del que nada bueno puede salir.
Éticamente hablando, no hay una sola pizca de diferencia entre el delincuente que impone su ley por la fuerza en una esquina y el jerarca o legislador que utiliza las instituciones como garrote para humillar al que tiene enfrente. Ambos comparten el mismo corazón torcido: el desprecio por la dignidad ajena y la cobardía de creer que el que grita más duro o golpea primero tiene la razón.
La trampa del nuevo bipartidismo y el avance del cáncer,
Cada 15 de septiembre hacemos el teatro cívico de siempre: antorchas, faroles, discursos vacíos y lágrimas postizas por una libertad que hoy no es más que una triste caricatura. ¿Libres de qué? Somos esclavos del miedo cotidiano, de la inseguridad y de una polarización asquerosa diseñada milimétricamente para mantenernos peleando como perros mientras los vivos se reparten el botín.
Nos hicieron creer el cuento de que el bipartidismo tradicional había muerto. Mentira. Lo que parió este país fue una mutación todavía más dañina: un bipartidismo simbiótico donde ambos extremos se alimentan mutuamente del odio. El oficialismo necesita del espanto de la oposición para justificar su circo y sus falencias ; y los partidos tradicionales y sus satélites necesitan del choque diario para mantenerse vigentes y defender privilegios intocables. Son dos caras de la misma moneda. Se repelen en público, pero en la práctica se necesitan para no desaparecer.
Y en medio de ese juego perverso, hay un sector que sonríe porque sabe que va ganando terreno: las corrientes de una izquierda ideológica radical que avanza como un cáncer invasivo contra la vida, la familia y el diseño de la creación. No señalo personas particulares, denuncio posturas y agendas destructivas. Esa legión del mal ha entendido cómo operar; encontraron en la mediocridad de la clase política tradicional y en la confrontación estéril del poder el caldo de cultivo perfecto para meter sus metástasis sin que la gente reaccione a tiempo. Y hoy conforman como bien lo señalan la “coalición de oposición”.
Marionetas emocionales y el secuestro de las aulas
Lo que más parte el alma no son los políticos de turno, sino la ingenuidad pasmosa con la que nuestro pueblo se deja poner la soga al cuello. Nos hemos convertido en una sociedad pusilánime, infantil y visceral, adicta al entretenimiento chatarra y al morbo digital.
Somos el país capaz de enloquecer de júbilo por un partido de fútbol, de idolatrar y hacer millonario a un influencer de contenido vacío, y al minuto siguiente salir en gavilla a linchar digitalmente a quien no repita nuestras consignas. Los titiriteros del poder nos conocen de memoria: saben cuáles son las cuerdas emocionales del tico promedio y las tocan a su antojo para que saltemos como títeres.
Y ese adoctrinamiento no fue un accidente. Ha sido un trabajo paciente y silencioso. Nos durmieron mientras colonizaban y secuestraban espacios neurálgicos: las aulas de nuestras universidades públicas y los centros de formación y cultura. Cambiaron la excelencia académica, la ética y el pensamiento crítico por consignas foráneas y dogmas que deforman la mente de la juventud. Secuestraron la educación para que el ciudadano ya no sepa cuestionar el colapso del sistema de salud, la ruina de las escuelas, mucho menos aprender a hacer política verdadera, o la pérdida de soberanía moral, sino que gaste su vida defendiendo banderas ajenas y odiando al enemigo que el algoritmo le pone enfrente. Hasta banderas de países ajenos al nuestro en términos políticos usan para manipular.
La hipocresía del domingo: la fe prostituida
Costa Rica sigue jactándose de ser un país de profunda raíz cristiana. Los fines de semana las iglesias católicas y los templos evangélicos se llenan de miles de personas cantando alabanzas, levantando manos y escuchando hablar de un Dios que es vida, verdad y justicia; un Dios que defiende al huérfano, a la viuda y al vulnerable, que estableció la santidad de la familia y el valor innegociable de la dignidad humana.
Pero basta con cruzar la puerta de salida para que esa fe se disuelva en la nada. Esos mismos que doblan rodilla el domingo son los que el lunes encienden el teclado del celular para despedazar al prójimo, celebrar la violencia verbal, aplaudir que se pisotee la honra ajena y festejar la desgracia del adversario. Muchos de los que deberían ser luz y sal terminan siendo peones de políticos inescrupulosos que usan el nombre de Dios y los símbolos sagrados como si fueran fichas de casino para ganar elecciones.
¿Cómo es posible que un cristiano se preste para agendas de muerte o cerrar los ojos ante las corrupciones y la impunidad al culpable?
Hacen romerías a la casa de la defensora de la vida que luchó por no abortar su hijo y sufrió las consecuencias del imperio pero levantan las banderas y ideologías del partido más nefasto del país, que niega la existencia de Dios. Eso es incoherencia.
Eso no es cristianismo; eso es apostasía práctica, fariseísmo y farsa religiosa. No se puede adorar al Creador con la boca mientras con el teclado y el voto se alimenta el fuego de la crueldad y la división. Si nuestra fe no nos hace más justos, más compasivos, más sobrios y más valientes para rechazar a los mercaderes del odio, no sirve para nada: es una cáscara vacía.
La verdadera dictadura y el deber del remanente
Muchos siguen esperando que una dictadura llegue con uniformes camuflados, botas militares y toques de queda. No se han enterado de que la tiranía más peligrosa no necesita cuarteles: le basta con instalarse en la mente y en el corazón de la gente.
Hoy Costa Rica sufre una dictadura psicológica. Es el régimen del veneno constante, del cinismo donde ya nadie cree en nada bueno, del miedo que paraliza y de la idolatría al caudillo de turno. Nos han robado la paz del espíritu y la decencia cívica.
Sé muy bien que hablar con esta claridad molesta y que algunos me llamarán pesimista o fatalista. No me importa. Callar sería traicionar mi conciencia, mi fe y a este país al que amo profundamente. No podemos maquillar el desastre con el eslogan gastado del «Pura Vida» mientras la casa se nos quema por dentro.
Pero me niego a la resignación. A quienes todavía no nos han quebrado el alma, a los que no nos hemos dejado domesticar por la masa ni comprar por el circo de la polarización, nos queda una trinchera innegociable: no dejar de orar e interceder con lágrimas por nuestra amada Costa Rica.
Pero la oración sin obras es muerta. Nos toca librar la batalla moral en el día a día, cara a cara: en nuestro metro cuadrado. En la casa educando a nuestros hijos en principios que no se negocian; en el trabajo con honestidad irreprochable; en la calle tratando al semejante con gracia y verdad; y en la sociedad llamando al pecado por su nombre, sin odio pero sin miedo.
O despertamos de este letargo manipulador y nos volvemos a la senda de la verdad y la justicia, o seremos testigos presenciales de cómo este pueblo termina de devorarse a sí mismo
Última actualización: 16/09/2026








