Grecia no necesita más represión: necesita más ciudadanía más libre.
Comenzaré por lo evidente, aunque parezca invisible para algunos escritorios municipales: el principal afectado por la policía municipal no es el delincuente. Es el ciudadano común. El “pulseador”. El que vende doce aguacates en una esquina para resolver el día… y cuya mercadería termina en la basura como si fuera contrabando de alta peligrosidad.
De verdad creemos que esa persona, después de ese trato, se siente parte de la ciudad? ¿Ciudadano de qué exactamente?
El problema de la seguridad no nace en el vendedor ambulante. No nace en quien intenta trabajar. Nace en dinámicas mucho más complejas, que —curiosamente— no parecen ser el foco de este despliegue de autoridad. Resulta más fácil decomisar jocotes que enfrentar el delito real. Más rápido. Más visible. Y, por qué no decirlo, más cómodo.
Pero el costo es profundo: se le enseña al ciudadano que el espacio público no le pertenece. Que la norma no ordena: excluye. Que la creatividad —sea vender fruta, tocar un instrumento o pintar en un parque— es sospechosa hasta que se demuestre lo contrario mediante formularios que parecen diseñados no para regular, sino para desalentar.
Conozco incluso el caso en otro cantón donde a un músico se le expulsa del parque como si su acordeón fuera un arma blanca. Y lo más grave no es el acto en sí, sino el mensaje: aquí no se crea, aquí se pide permiso… y mejor ni lo intente.
Ante esto, propongo algo radical —y casi subversivo en estos tiempos—: incentivar al ciudadano en lugar de reprimirlo.
¿Por qué no convertir el parque en un espacio vivo? Caballetes para pintores. Graderíos para músicos. Espacios regulados, sí, pero pensados para que la gente participe, no para que se retire. Orden no es sinónimo de expulsión.
¿Por qué no invertir en cultura con la misma facilidad con la que se invierte en control?
Hoy, la Orquesta Académica Municipal de Grecia —que dirijo ad honorem— subsiste gracias a esfuerzos personales, incluso económicos, para sostener a los músicos. Y aun así, ya logramos rescatar obras como El Duelo de la Patria de Rafael Chaves Torres, rompiendo décadas de silencio. Actualmente trabajamos en La Gran Fantasía Sinfónica de Julio Fonseca, una obra que exige meses de estudio serio.
Eso también es seguridad. Eso también construye ciudad.
Porque una sociedad con acceso al arte no solo es más culta: es menos violenta, más consciente y más suya.
Entonces surge la pregunta incómoda: ¿para qué una policía municipal que no toca el crimen, pero sí toca al ciudadano que intenta trabajar o crear?
Tal vez el problema no es la existencia de la policía, sino su orientación.
Porque si vamos a llenar la ciudad de uniformes, pero vaciarla de violines… entonces sí, habrá orden. Pero será el orden del silencio.
Y ese, históricamente, nunca ha sido el mejor de los órdenes.
Última actualización: 17/04/2026







