Costumbres y tradiciones
Raquel era un campesino del siglo anterior, que habitó en esta zona allá por los años treinta y cuarenta. Sus amigos y algunos familiares, lo conocían como Raquelón, dada su corpulencia física.
Excelente trabajador, nunca se casó y profesaba un amor muy especial por su madre Angélica. Su papá, de raíces españolas, se llamaba Santiago y nunca le dijo a su hijo Raquel, para él era Rafael, ya que según su opinión, Raquel era nombre de mujer. Fue algo en lo que nunca estuvo de acuerdo con su esposa, la que a la postre, terminó bautizándolo con ese nombre.
Don Santiago, que tenía algún poder económico, fue dueño de una finca en Valverde Vega (hoy Sarchí) en un lugar conocido como Sabanilla.
Este sector, queda al noroeste del cantón artesano y sirve de límite con el vecino, Naranjo.
Se puede decir que don Santiago fue de los primeros en esta parte del país, en sembrar en su finca, lo que luego se conocería como café de altura. No era mucho el terreno sembrado de café y gran parte de lo que se producía, era para el consumo de la casa. Ellos mismos lo secaban al sol, lo preparaban y también lo molían.
Raquel era la mano derecha de su padre en la finca, en la que prácticamente todo lo que se sembraba, era para consumo familiar.
Fue la Costa Rica campesina del siglo anterior, donde el canje era lo normal: yo le doy a mi vecino unos elotes y él me da tacacos y chayotes.
Aquel fortachón que era hijo único, no soportaba ver una necesidad en el prójimo. Él se daba a los demás, fuera con trabajo, con dinero, o con productos de la finca, en esto siempre tenía el respaldo del papá. Pero como nadie es perfecto, Raquel tenía una debilidad: le gustaba darse sus traguitos.
Cuando se pasaba de copas, trataba de que su madre no se enterara, él sabía que su comportamiento no era avalado por doña Angélica.
Este campesino que andaba ya en sus cuarenta, desconocía los alcances de esta enfermedad sicosomática, aunque se de muchas personas para las cuales, la bebida sigue siendo una sinvergüenzada, “que fulano se pasa de tragos, es porque es un falto de pantalones”. Otros dicen, “yo bebo cuando quiero, lo que hay que tener es medida”. Como estas hay muchas opiniones, pero lo cierto del caso es, que la enfermedad del alcoholismo es desconcertante. A unos les produce gran euforia, a otros más bien les da por llorar. Existen personas que con unos tragos entre pecho y espalda, se sienten valientes, le hablan hasta a un muerto y también hay unos que les da por buscar pelea, pero la verdad es que una persona pasada de tragos, no sirve ni para un mandado, es digna de lástima, necesita ayuda.
En el caso de Raquel, el consumo de bebidas con contenido alcohólico, había venido en aumento, hasta que tanto va el cántaro al agua, que en una que va y otra que viene, se quiebra.
Fue un fin de semana cuando le llegaron a doña Angélica con aquel su hijo herido, maltrecho y totalmente ebrio. Aquella señora no lo podía creer. El bueno de Raquel se había visto envuelto en una pelea callejera casual, sin razón de peso, lo que alguien llamaría por ahí, pelea de borrachos y la herida que todavía sangraba, fue el resultado de un botellazo.
La impresión, la edad y aquella escena inesperada, trajeron como consecuencia, que a doña Angélica se le subiera la presión de forma tal, que hubo que buscar ayuda médica, misma que procedía del cantón de Naranjo y que vendría llegando a Sabanilla en horas de la madrugada a lomo de caballo.
El hijo de don Santiago no supo por esa noche, que casi mata a su madre, pero al día siguiente, sufrió más con la goma moral que con la otra, solo deseaba que se lo tragara la tierra al enterarse de la tragedia vivida por su papá.
Para Raquel esta fue su última borrachera.
Cuando la persona no es alcohólica, muchas veces una experiencia fuerte es suficiente para dejar la bebida, pero si pertenece al otro tanto por ciento, no logra vivir sin la droga alcohol. Puede incluso dejar años sin tomar, pero tarda en probar otra vez la fatídica bebida, para despertar la insidia que solo estaba dormida, agazapada.
Así que yo recomiendo que no nos engañemos. Aceptemos cuando ya no manejamos la bebida y no insistamos. El asunto ya no es de pantalones, el alcoholismo es una enfermedad mental, física y espiritual. Es insidiosa, rastrera, vergonzosa, incurable y mortal.
Cuando cada vez que se toma, se pierde el control de cuánto, dónde y con quién se bebe, ya la persona (hombre o mujer) es alcohólica.
Hay solución, siempre y cuando el paciente se deje ayudar. Se puede ocupar ayuda sicológica, o en su defecto, asistir a las reuniones de los Alcohólicos Anónimos, pero en todo caso, la abstinencia debe ser total. NO SE APRENDE A BEBER.
Las personas que no dan el brazo a torcer, viven aquello de un intento más, un fracaso más. No lo olvide, el alcohol antes de matar, humilla, yo sé porqué se lo digo.
Recordar es volver vivir.
Hasta la próxima.
Última actualización: 23/11/2021








