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Compositores costarricenses: la música olvidada

¿Cuál es el precio que paga un país cuando olvida las raíces que construyeron su propia identidad?

 

Eladio Soto/Arquitecto |
Compositores costarricenses: la música olvidada

Hay países que pierden territorios, otros que pierden guerras y algunos que pierden riquezas. Pero existe una pérdida mucho más silenciosa y difícil de recuperar: la pérdida de la memoria.

Un pueblo comienza a perderse a sí mismo cuando deja de reconocer las voces que lo antecedieron.

Costa Rica posee una historia musical mucho más rica de lo que el costarricense promedio imagina. Sin embargo, buena parte de esa historia permanece guardada en archivos, bibliotecas, partituras amarillentas y memorias familiares. Obras que alguna vez hicieron llorar, bailar, marchar o rezar a nuestros antepasados hoy son prácticamente desconocidas por quienes habitamos el mismo país.

Y esa contradicción debería preocuparnos.

Las bandas: una de las primeras escuelas musicales del país

Antes de que Costa Rica tuviera conservatorios consolidados, universidades musicales, orquestas profesionales o sistemas nacionales de enseñanza, existió una institución que fue fundamental para la formación de nuestros músicos: las bandas.

Durante el siglo XIX, las bandas militares constituyeron uno de los principales centros de educación y práctica musical del país. Posteriormente, muchas de estas agrupaciones evolucionaron y pasaron a formar parte de la vida cultural de las ciudades y municipalidades.

Aquellas bandas no eran solamente agrupaciones destinadas a acompañar ceremonias oficiales. Fueron verdaderas escuelas de composición, instrumentación y formación artística.

De allí surgieron algunos de los nombres que construyeron el primer gran repertorio musical costarricense.

Rafael Chaves Torres (1843-1907), por ejemplo, fue director de bandas y llegó a ocupar el cargo de Director General de Bandas de la República desde 1877 hasta su muerte. Su obra más conocida, El Duelo de la Patria, fue compuesta en 1882 con motivo de la muerte del presidente Tomás Guardia Gutiérrez. Más de un siglo después, la obra continúa sobreviviendo gracias, principalmente, a una tradición que paradójicamente ha conservado aquello que las instituciones culturales modernas no siempre han sabido preservar: las procesiones de Semana Santa.

El Duelo de la Patria no es solamente una marcha fúnebre. Es una pieza de enorme valor histórico y emocional. Es, en cierto sentido, el sonido de una época de Costa Rica.

Pero alrededor de Rafael Chaves existió todo un universo musical que hoy permanece prácticamente invisible.

Alejandro Monestel, con sus Rapsodia Costarricense y Rapsodia Guanacasteca; Julio Fonseca, autor del extraordinario Vals Leda; los heredianos Roberto Cantillano y Leonardo Soto Esquivel, pertenecen a una generación de compositores cuya obra merece ser conocida no solamente por especialistas, sino por el público costarricense.

En el caso de Leonardo Soto Esquivel, su producción fue abundante y varias de sus obras religiosas todavía sobreviven en las procesiones de Semana Santa. Sin embargo, fuera de esos espacios rituales, ¿cuántos costarricenses conocen su nombre?

¿Cuántos estudiantes de música han interpretado sus obras?

¿Cuántos jóvenes saben que Costa Rica produjo compositores capaces de escribir rapsodias, valses, marchas fúnebres, fantasías, himnos y música religiosa dentro de una tradición propia?

La respuesta, lamentablemente, es incómoda.

Muy pocos.

1940: nace la Orquesta Sinfónica Nacional

Un segundo momento decisivo ocurrió el 31 de octubre de 1940, cuando se realizó el primer concierto oficial de la entonces Orquesta Nacional en el Teatro Nacional.

Aquella agrupación, integrada inicialmente por cuarenta músicos, se convertiría posteriormente en la Orquesta Sinfónica Nacional de Costa Rica. En 1942 recibió apoyo económico estatal durante la administración de Rafael Ángel Calderón Guardia, consolidándose como una institución fundamental para la vida musical costarricense.

La existencia de una orquesta sinfónica nacional significó algo más profundo que la creación de una institución artística: significó que Costa Rica comenzaba a reconocer que una nación también se construye mediante sus sonidos.

La revolución musical de los años setenta

Pero probablemente uno de los momentos más fértiles de nuestra historia musical moderna ocurrió durante la tercera administración de José Figueres Ferrer.

En 1970 se creó el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, y bajo la gestión de Alberto Cañas como ministro y, especialmente, del entonces viceministro Guido Sáenz González, comenzó una profunda transformación de la vida cultural costarricense.

Guido Sáenz fue una figura excepcional dentro de nuestra historia cultural. Pianista, crítico, escritor y gestor, comprendió algo que todavía deberíamos recordar: las instituciones culturales no aparecen espontáneamente; hay que imaginarlas, defenderlas y construirlas.

En 1971 se produjo una profunda reorganización de la Orquesta Sinfónica Nacional y se creó el Programa Juvenil, antecedente directo de lo que posteriormente sería el Instituto Nacional de la Música. El proceso, conocido como la «Revolución musical», permitió elevar la preparación técnica de los músicos, adquirir instrumentos y crear un sistema de formación para las nuevas generaciones.

Aquella visión dejó una huella profunda.

Costa Rica comprendió entonces que no bastaba con tener una orquesta profesional. Era necesario crear las condiciones para formar a quienes algún día ocuparían sus atriles.

Fue una decisión de Estado.

Y sus resultados todavía se sienten.

2007: la música sale de la capital

Décadas después apareció otro momento fundamental: la creación del Sistema Nacional de Educación Musical, SINEM, en 2007.

El SINEM nació con una visión diferente pero complementaria: descentralizar la educación musical y llevar la experiencia orquestal a comunidades que tradicionalmente habían permanecido alejadas de las grandes instituciones culturales.

Su creación, el 31 de mayo de 2007, representó un cambio importante en la concepción de la música como instrumento de desarrollo humano y social. Posteriormente, la Ley N.º 8894 consolidó jurídicamente el sistema.

Las bandas del siglo XIX, la consolidación de la Orquesta Sinfónica Nacional en 1940, la revolución cultural impulsada durante la década de 1970 y el nacimiento del SINEM en 2007 representan, a mi criterio, algunos de los grandes momentos de la construcción musical costarricense.

Pero existe una pregunta inevitable.

¿Qué ocurrió con la música que quedó detrás?

El peligro de avanzar olvidando

Una sociedad moderna suele cometer un error: confundir progreso con sustitución.

Se piensa que para avanzar es necesario abandonar aquello que nos precedió.

Nada más falso.

Una cultura madura no es aquella que vive mirando exclusivamente hacia el pasado, pero tampoco aquella que destruye sus raíces para demostrar que es moderna.

La cultura se parece a un árbol.

Las nuevas ramas pueden crecer hacia el cielo, pero solamente si las raíces continúan vivas.

El problema de Costa Rica no es que interprete música contemporánea, música internacional o los grandes clásicos universales. Todo eso es necesario y deseable.

El problema aparece cuando conocemos con detalle la historia musical de otros países y desconocemos la nuestra.

Un estudiante puede saber quién fue Beethoven y no tener idea de quién fue Rafael Chaves Torres.

Puede reconocer una rapsodia de Liszt y desconocer que en Costa Rica también se escribieron rapsodias.

Puede interpretar repertorio europeo, norteamericano o latinoamericano contemporáneo sin haber tocado jamás una obra escrita por un compositor de su propia ciudad o provincia.

No se trata de nacionalismo musical estrecho.

Se trata de identidad.

El mundo ha aprendido el valor de la memoria musical

La experiencia internacional demuestra que la música tradicional y el patrimonio sonoro no son simples curiosidades arqueológicas.

Son instrumentos de cohesión social.

Los países bálticos —Estonia, Letonia y Lituania— ofrecen uno de los ejemplos más impresionantes. Sus celebraciones de canto y danza, algunas iniciadas en el siglo XIX, se transformaron en grandes expresiones de identidad colectiva. Después de recuperar su independencia en 1991, estos países reforzaron deliberadamente la protección de esas tradiciones como parte esencial de su identidad nacional. Hoy, decenas de miles de cantantes y músicos participan en estas celebraciones reconocidas como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

En Irlanda, la recuperación y protección de tradiciones como el arpa irlandesa y la música interpretada con las gaitas uilleann han sido entendidas como parte fundamental de la identidad nacional. La preservación no consiste simplemente en guardar instrumentos en un museo, sino en enseñar a los jóvenes a tocarlos, investigar su repertorio y devolverlos a la vida cotidiana.

La UNESCO ha insistido durante décadas en que las tradiciones musicales y culturales son extremadamente frágiles y que su pérdida significa también la pérdida de formas de identidad, memoria y continuidad histórica. La cultura no puede conservarse únicamente mediante documentos; debe transmitirse de generación en generación mediante la práctica.

Este es quizás el punto central.

Una partitura guardada no es necesariamente una obra conservada.

Una obra verdaderamente conservada es una obra interpretada.

Escuchada.

Estudiada.

Amada.

Una partitura puede sobrevivir físicamente durante doscientos años dentro de un archivo y, sin embargo, estar completamente muerta para la sociedad.

¿Cuál es el precio del olvido?

El precio de ignorar nuestras raíces musicales no se puede medir en colones.

Es mucho más profundo.

El primer precio es la pérdida de identidad.

Un pueblo que desconoce las expresiones artísticas de sus antepasados termina dependiendo exclusivamente de referentes externos para explicarse a sí mismo.

El segundo precio es la ruptura de la continuidad histórica.

Cada generación debería recibir una herencia cultural y, a su vez, enriquecerla antes de entregarla a la siguiente. Cuando esa cadena se rompe, cada generación comienza prácticamente desde cero.

El tercer precio es la pérdida de referentes.

Nuestros jóvenes necesitan saber que antes de ellos hubo otros costarricenses que soñaron, compusieron, dirigieron bandas, escribieron música y dedicaron su vida al arte.

Un joven músico que descubre la historia de un compositor de su propio pueblo puede encontrar una inspiración que ningún libro extranjero puede ofrecerle.

Y existe un cuarto precio, quizás el más grave: la pérdida de autoestima cultural.

Cuando un país cree que su cultura comenzó ayer, termina creyendo que todo lo valioso viene necesariamente de afuera.

No se trata de rechazar lo universal.

Todo lo contrario.

Para dialogar con el mundo hay que tener una voz propia.

Y una voz propia solamente puede construirse cuando sabemos de dónde venimos.

La música olvidada debe volver a sonar

Partiendo de esta reflexión, la Orquesta Académica de Grecia ha decidido emprender un proyecto que pretende ser, modestamente, un acto de recuperación de la memoria.

Hemos programado un Ciclo de Conciertos de Música Costarricense Olvidada, dedicado a rescatar y devolver al público obras y compositores que forman parte de nuestra historia, pero que han desaparecido casi por completo de la programación habitual.

El ciclo iniciará el próximo 11 de setiembre, a las 5:00 p. m., en la Biblioteca Pública de Grecia.

No pretendemos presentar este esfuerzo como un ejercicio de nostalgia.

La nostalgia mira hacia atrás y suspira.

Nosotros queremos mirar hacia atrás para avanzar.

Rescatar una obra olvidada no significa regresar al pasado.

Significa recuperar una parte de nosotros mismos que dejamos abandonada en el camino.

Paralelamente, la Orquesta Académica de Grecia ha presentado propuestas de colaboración a las direcciones de las escuelas Simón Bolívar y Eulogia Ruiz, poniendo a disposición nuestro trabajo para participar en actividades relacionadas con las efemérides patrias y las ceremonias de graduación.

Ambas instituciones ya cuentan con la información y las propuestas respectivas, y nos mantenemos respetuosamente a la espera de sus respuestas.

Creemos que la escuela constituye uno de los lugares fundamentales para comenzar esta recuperación.

Un niño que escucha por primera vez una obra de Beethoven recibe una herencia universal.

Pero un niño que escucha por primera vez la música de Rafael Chaves Torres, Alejandro Monestel, Julio Fonseca, Roberto Cantillano o Leonardo Soto Esquivel recibe algo adicional: descubre que su propio país también tuvo una voz.

Y quizás entonces comprenda que la historia no solamente está escrita en los libros.

También está escrita en las partituras.

Una invitación a escuchar

Costa Rica ha producido músicos extraordinarios. Algunos alcanzaron reconocimiento internacional. Otros permanecieron trabajando silenciosamente desde las bandas, las iglesias, las escuelas y las pequeñas ciudades.

Muchos de ellos nunca imaginaron que un siglo después alguien tendría que rescatarlos del olvido.

Pero aquí estamos.

Tal vez ha llegado el momento de abrir los archivos.

De desempolvar las partituras.

De investigar los nombres.

De volver a colocar la música en los atriles.

Y, sobre todo, de hacerla sonar nuevamente.

Porque mientras una obra permanezca escrita, existe la posibilidad de recuperarla.

Pero mientras nadie la interprete, seguirá siendo solamente un silencio con notas.

La verdadera muerte de una obra musical no ocurre cuando desaparece su compositor.

Ocurre cuando nadie vuelve a tocarla.

Y quizás el deber de nuestra generación sea precisamente ese: evitar que el silencio termine de llevarse aquello que todavía podemos salvar.

Última actualización: 07/09/2026