2026: Estados Unidos en Venezuela
El Nuevo Orden Mundial y el Poder Marítimo
Estoy modificando este artículo hoy 3 de enero de 2026 a pesar de haberlo redactado el 21 de diciembre de 2025.
Estados Unidos ha hecho el despliegue de su fuerza de ataque en Venezuela capturando al dictador porque no es presidente Nicolás Maduro.
Se abre un nuevo capítulo en la historia latinoamericana. Un paso más a la consolidación del Nuevo Orden Mundial.
En estos momentos Nicolás Maduro está en un barco de la Marina de los Estados Unidos rumbo a Nueva York. Muy similar sino idéntico a lo que pasaba en Roma cuando los barcos del ejército romano volvían con los enemigos de Roma para que se fueran ajusticiados.
El sistema internacional está entrando en una fase de reconfiguración del poder en la que el dominio marítimo vuelve a ser central, pero ya no garantiza resultados decisivos por sí solo. Las superpotencias deben adaptarse a un entorno híbrido en el que el mar, aunque fundamental, opera con límites geográficos, tecnológicos y políticos, tanto heredados como emergentes.
El ‘Nuevo Occidente’ ya no se define por el eje transatlántico clásico entre Washington y Europa, sino por una arquitectura hemisférica ampliada que integra el Caribe, el Golfo de México, el Atlántico Norte, Groenlandia y las rutas australes como núcleo real de la seguridad y proyección de poder de Estados Unidos.
Mientras Europa continúa pensándose como el centro natural del Occidente político, Estados Unidos está reconfigurando el ‘Nuevo Occidente’ desde el mar: un espacio hemisférico que va del Caribe a Groenlandia y del Atlántico al Cono Sur, donde se juegan hoy las verdaderas condiciones de seguridad y poder.
El Occidente del siglo XXI ya no se articula en Bruselas ni en Berlín, sino en los mares que rodean al continente americano. Europa participa del orden, pero ha dejado de estructurarlo. De ahí que los países latinoamericanos han pasado a estar sobre la mesa de los planes de las potencias. En poco más de 200 años el continente americano no experimenta remezones tan fuertes desde lo político hasta lo social, pasando por el tema de seguridad.
A lo largo de la historia, los mares y los océanos no han sido simples espacios geográficos, sino verdaderas infraestructuras de poder. Han moldeado al ser humano en lo genético, lo social y lo económico, y también —aunque rara vez se subraya en los sistemas educativos— en lo estratégico. Mucho antes de los Estados contemporáneos, el mar se convirtió en la primera gran autopista global. El instante en que un ancestro utilizó un tronco para cruzar una corriente marcó el inicio de una lógica evolutiva que sigue plenamente vigente. Comprender el Nuevo Orden Mundial exige, por tanto, volver la mirada al mar, no como una metáfora romántica, sino como un espacio decisivo donde se proyecta, se limita y se disputa el poder de las grandes potencias.
En las últimas décadas, la globalización reforzó esta realidad. Volúmenes colosales de mercancías, personas, energía y armamento atraviesan diariamente los océanos a bordo de buques cada vez más sofisticados. Sin embargo, detrás de esta imagen cotidiana se esconde una verdad estructural: el dominio marítimo continúa siendo uno de los pilares de la hegemonía, aunque ya no garantiza por sí mismo resultados políticos definitivos. Las recientes expansiones navales de las principales potencias, reflejadas en informes gubernamentales y despliegues militares, confirman que el mar ha recuperado un lugar central en la competencia estratégica global.
La historia demuestra que estos procesos son cíclicos. Hacia el 1200 a.C., los denominados Pueblos del Mar irrumpieron en el Mediterráneo oriental como una fuerza profundamente desestabilizadora, contribuyendo al colapso de varios imperios establecidos. Más allá de su carácter destructivo, actuaron como catalizadores de una reconfiguración regional que evidenció cómo el control del mar puede alterar sistemas completos de poder. Poco después, los fenicios comprendieron con claridad esta lógica: desde la costa levantina construyeron extensas redes comerciales, fundaron colonias como Cartago y transformaron el mar en un multiplicador de riqueza y prestigio político.
Los griegos heredaron y perfeccionaron esta visión. Entre los siglos VIII y IV a.C., sus trirremes no solo transportaban soldados y mercancías, sino también ideas, instituciones y cultura. La victoria ateniense en Salamina, en 480 a.C., demostró que el poder naval podía decidir el destino político de una civilización. Cartago, sucesora fenicia en el Mediterráneo occidental, dominó rutas estratégicas hasta que Roma comprendió una lección fundamental: sin flota no había imperio. Al convertir el Mediterráneo en su Mare Nostrum, Roma aseguró durante siglos la cohesión logística, económica y militar de un vasto territorio.
Durante la Edad Media y la temprana modernidad, Venecia llevó esta lógica a su máxima expresión comercial, combinando flotas mercantes y militares para monopolizar rutas clave hacia Oriente.
España, con la apertura del Atlántico tras 1492, transformó el océano en un puente imperial. No obstante, la derrota de la Armada Invencible evidenció que el poder marítimo también está sujeto a límites tecnológicos y estratégicos. En ese mismo espacio oceánico se gestaban las condiciones históricas que darían origen a territorios y sociedades del continente americano, incluida Costa Rica.
Inglaterra asimiló estas lecciones y, entre los siglos XVI y XX, construyó una supremacía naval sostenida que le permitió controlar el comercio global y sostener un imperio de alcance planetario. De forma paralela, China, bajo la dinastía Ming, proyectó poder marítimo a gran escala mediante las expediciones de Zheng He.
Aquella experiencia histórica demuestra que incluso una capacidad naval extraordinaria puede diluirse cuando no se mantiene una voluntad estratégica coherente y sostenida en el tiempo.
De este recorrido histórico se desprende una constante: el poder marítimo no es accesorio, sino estructural, pero solo produce resultados duraderos cuando se integra en una estrategia política consistente. Este dilema se manifiesta con especial claridad en la actualidad. En 2025, el sistema internacional atraviesa una fase de transición en la que el mar vuelve a ser un espacio central de competencia. China expande su presencia mediante portaaviones como el Fujian, bases artificiales y el control del Mar del Sur de China. Estados Unidos responde con alianzas navales y flotas modernizadas como la Clase Súper Pesada Trump, buscando preservar un orden marítimo que históricamente ha sostenido su hegemonía global.
Al mismo tiempo, Rusia proyecta poder en el Ártico y en mares cerrados mediante submarinos estratégicos, aunque su proyección naval se ve condicionada por la distancia y la limitada conectividad entre los grandes cuerpos de agua. India, por su parte, emerge como un actor clave en el Indo-Pacífico, especialmente en torno a chokepoints o cuellos de botella marítimos como el Estrecho de Malaca, fundamentales para el comercio y la seguridad energética global.
Sin embargo, el poder naval contemporáneo enfrenta una paradoja. Aunque sigue siendo indispensable para proteger rutas comerciales, disuadir adversarios y proyectar influencia, muchos de los teatros decisivos del siglo XXI se desarrollan lejos de los grandes cuerpos de agua. Conflictos terrestres, guerras híbridas y asimétricas, disputas tecnológicas y presiones económicas limitan la capacidad del poder marítimo para traducirse de forma automática en victorias políticas. Estados Unidos encarna esta tensión: continúa siendo la principal potencia naval del mundo, pero opera en un entorno en el que la supremacía en los mares ya no garantiza resultados decisivos en tierra firme.
En este contexto, Washington parece estar redefiniendo su enfoque hemisférico. El Mar Caribe y el Golfo de México adquieren una importancia renovada como zona de seguridad ampliada y espacio de amortiguamiento estratégico. A ello se suma un interés decidido de Estados Unidos por Groenlandia, con el objetivo de consolidar una zona continental sólida en el Atlántico Norte. Este enfoque puede entenderse como la configuración de un “Nuevo Occidente” dentro de la política estratégica estadounidense. Asimismo, las relaciones estrechas de Estados Unidos con países como Argentina y Chile refuerzan el control de las rutas antárticas y del paso por el Cono Sur, un factor relevante en escenarios de disrupción o crisis extrema.
Más que simples espacios económicos, estos cuerpos de agua funcionan como un perímetro defensivo avanzado, clave para el control de flujos comerciales, energéticos, migratorios y de seguridad en el continente americano. Esta reconfiguración confirma que el poder marítimo no solo se ejerce en océanos lejanos, sino también en espacios cercanos que sostienen la estabilidad interna de las grandes potencias.
En última instancia, el resurgimiento del poder naval no debe interpretarse como un retorno romántico al pasado, sino como la adaptación de lógicas antiguas a un mundo en plena gestación. Los océanos continúan separando y uniendo a las sociedades, condicionando su prosperidad y su supervivencia. Comprender estas dinámicas no es únicamente un ejercicio académico, sino una necesidad estratégica: en el siglo XXI, ignorar el papel del mar en la proyección del poder equivale a malinterpretar las bases mismas del Nuevo Orden Mundial.
El 2026 está a punto de zarpar.
¡Todos a bordo!
Última actualización: 03/01/2026










