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Manual práctico para sobrevivir al zoológico político costarricense

Redacción/noticias@periodicomitierra.com |
Manual práctico para sobrevivir al zoológico político costarricense

¿Merecen los costarricenses vivir asimilando los abusos de los políticos?
Por supuesto que sí. También merecen que les cobren comisión por respirar aire democrático, que les facturen el atardecer en Guanacaste y que les cobren IVA por indignarse.

Porque en esta tierra bendita, donde el café es fuerte pero la memoria es débil, hemos perfeccionado una especie endémica: el político anfibio. Vive en el agua ideológica, pero respira en la atmósfera del presupuesto nacional. Se alimenta de dietas, viáticos y de una misteriosa sustancia llamada “comisión especial”.

I. La Reina Madre: Su Majestad la Impunidad

Durante la última década —más o menos el tiempo que tarda un expediente en perderse misteriosamente en un archivo con vocación de Bermuda— hemos visto desfilar titulares dignos de realismo mágico: contratos fallidos que cuestan millones, asesorías que asesoran al asesor, consultorías que consultan el consultor.

Antes, cuentan las leyendas, un funcionario que cometía una irregularidad renunciaba por pudor. Hoy renuncia… pero al pudor.

Ahora la frase oficial es:
“Sí, pasó algo, pero hay que analizar el contexto.”

El contexto es un ecosistema maravilloso donde todo se diluye:

  • Se diluye la responsabilidad.
  • Se diluye la memoria.
  • Se diluye la vergüenza.

Lo único que no se diluye es el salario.

II. Ideologías líquidas y estómagos sólidos

Hubo un tiempo en que izquierda y derecha discutían con pasión. Hoy descubrieron una verdad trascendental: la ideología es secundaria cuando hay que defender privilegios compartidos.

La Asamblea se convierte así en una especie de buffet ideológico: cada quien toma lo que le conviene y deja lo que incomoda. Lo importante no es el color de la bandera, sino el acceso a la ubre presupuestaria.

El político moderno no es de izquierda ni de derecha. Es de centro gastronómico.

III. El banquete pedagógico

Y hablando de gastronomía cívica: nada educa más al pueblo que ver cómo una cena puede costar lo mismo que cuarenta becas modestas. Es una clase magistral sobre prioridades nacionales.

Mientras un estudiante calcula cómo sobrevivir con veinte mil colones, algún prócer republicano medita profundamente frente a un corte importado, reflexionando sobre la ética pública entre bocado y bocado.

Porque gobernar da hambre.
Especialmente hambre ajena.

IV. El ciudadano promedio: ese extraño ejemplar

Mientras tanto, el costarricense promedio —ese ser que todavía paga impuestos aunque le duelan, que hace fila, que respeta turnos y que todavía cree en el concepto exótico de “honradez”— observa el espectáculo.

No roba porque no quiere.
No evade porque no sabe.
No miente porque se sonroja.

Qué anticuado.

En un país moderno, el ciudadano ético empieza a parecer un anacronismo. Debería actualizarse al software del cinismo 2.0.

V. El telón y el teatro

En tiempos recientes, figuras como Rodrigo Chaves han optado por subir el volumen y correr el telón del teatro político, mostrando que tras las bambalinas no hay héroes trágicos sino contadores creativos y estrategas de supervivencia institucional.

El problema no es que el telón se haya corrido.
El problema es que el público ya sabía lo que había detrás.

Y aun así, compró otra entrada.

VI. Esperanzas recicladas

Ahora se habla de renovación, de nuevos liderazgos, de patriotas que rescatarán la ética como quien rescata una reliquia colonial olvidada en el Museo Nacional.

Se menciona a Laura Fernández como parte de ese relevo esperado. El país aguarda diputados que entiendan que servir no es servirse, que representar no es repartirse y que legislar no es licuar principios en la licuadora del cálculo electoral.

El ciudadano espera —otra vez— que la ética deje de ser un adorno discursivo y vuelva a ser un requisito.

VII. ¿Merecemos esto?

La pregunta no es si los políticos merecen ruborizarse.
La pregunta es si el rubor aún existe como categoría moral.

Tal vez el problema no es que haya abuso.
Tal vez el problema es que el abuso dejó de escandalizar.

Un pueblo no pierde su dignidad cuando es engañado.
La pierde cuando se acostumbra.

Y Costa Rica —ese país que se enorgullece de su tradición democrática y de sus abuelos que renunciaban por honor— enfrenta hoy un dilema simple:

O recupera la alergia a la impunidad,
o seguirá asistiendo, entre indignado y resignado,
al gran espectáculo nacional:

“La República de los Estómagos Ilustres”.

Con entrada gratuita.
Pero financiada por todos.

Última actualización: 03/03/2026